Esta semana ha sido rara, pero rara de verdad. Desde el lunes tenía la extraña necesidad de estar sola, de alejarme de todo y de todos, estaba deseando mandar todo a la mierda y desaparecer una temporada. Es curioso, a ratos deseamos estar solos porque todo nos agobia, nos volvemos paranoicos y empezamos a pensar que la soledad es lo mejor, que de alguna manera los demás están en nuestra contra. Nos volvemos misántropos y decidimos que ya que existimos lo mejor es huír del resto de humanos, que no vale la pena ser sociable, y que es más útil sumergirse en la mente de uno mismo e intentar conocerse, antes que conocer a los demás y desear no haberlo hecho. Por supuesto esto es un estado, no significa que realmente no agradezcamos conocer a gente o que despreciemos al resto del mundo. Son simplemente estados temporales, perfectamente comprensibles cuando estás harto de todo, creo yo. Por otra parte están esos otros estados en los que me sumergí el fin de semana. El viernes me sentía sola, tremendamente sola, y tenía la necesidad de estar con gente, de conocer gente, de ganar la sensación de compañía, de sentirme acompañada, apreciada.... de sentir que mi existencia también tenía sentido y valía la pena. Y este es el estado en el que he estado todo el fin de semana, es decir, completamente opuesto al que tuve a lo largo de los días de diario.
En realidad no me extraña tanto. Como he dicho, cuando de alguna manera estamos hartos de todo y no hacemos más que vagar de un lado para otro en la vida, de una emoción a otra, llega un punto en el que no sabemos nada de nada. Y eso es bastante terrible; tener un interrogante permanentemente suspendido sobre la cabeza, que te impide darte cuenta de qué es exactamente lo que buscas, de dónde quieres ir. Tienes la sensación de que te pierdes, de que desaparece lo que intrínsecamente piensas, sientes y eres y de que creas una persona totalmente diferente, totalmente ajena, a base de despojos, como sustituto de lo que solías ser, porque simplemente ya no sabes lo que eras.
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