lunes, 30 de enero de 2012

De felicidad a tristeza en escasos segundos.

Creo que debo de ser gilipollas. Me encantaría entender lo que piensa la gente y lo que quiere decir cuando no dice nada. Por desgracia no tengo esa capacidad y soy muy torpe interpretando señales y gestos, con lo que llego a miles de conclusiones y todas me parecen cualquier cosa excepto válidas.
He pasado un fin de semana increíble. Llegué a Barcelona casi con miedo, como con ganas de dar media vuelta cuando apenas acababa de subir al avión, pero después de todo... se me ha hecho corto. Me encantaría vivir allí. No sé cómo pude rechazar cualquier oportunidad de estar allí, o dejar que me la rechazaran, hace ya un tiempo.
En cualquier caso, sobre estos dos últimos días, podría decir que fui aterrada y que he vuelto a Madrid con una sonrisa, pero también con lágrimas. Sí, por eso soy gilipollas también. No es que quiera insultarme a mí misma. Pero es que me frustra no saber y no llegar a ningún punto correcto. Al llegar allí ya no me dolía tanto el diafragma (llevaba unos días doliéndome) pero a cambio me dolía el pecho, y el corazón me latía rápido, como si tarde o temprano fuera a decir "hasta aquí llego" y a apagarse con un suspiro. He vuelto a Madrid y el corazón sigue latiéndome con fuerza, puedo oírlo casi constantemente. Ya no me duele el diafragma, aunque sigue costándome respirar. No, no es que tenga un problema de salud... Es simplemente que soy gilipollas.

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